
La palabra, preciosa arma de doble filo. Con ella se pueden “nombrar” las cosas más maravillosas y también las más terribles y temibles. Tiene la capacidad de enaltecer o denostar... Siempre dependiendo de quién la utilice. Está en constante evolución y cambio, pero cada tanto alguien “desempolva” viejas palabras que han dejado de oírse, solo por el placer de recordar...
El español, más precisamente nuestro castellano, posee una gran variedad léxica, lamentablemente desconocida para muchos (demasiados) de sus usuarios. Este triste empobrecimiento progresivo del lenguaje coloquial tiene principalmente dos causas. En primer lugar, la exposición cotidiana a medios en los cuales se utiliza una pequeña diversidad de palabras, que reflejan mayoritariamente un lenguaje soez: es más que común oír en la televisión o la radio insultos de todo tipo, y si en los medios gráficos aún esto no ocurre, falta poco para que suceda... En segundo lugar, y por esa absurda costumbre de mirar hacia fuera, pero también influidos por la realidad económica capitalista, muchos de los hablantes del español han incorporado vocablos de la lengua inglesa norteamericana, al punto tal que ya son incapaces de buscar su traducción en la lengua materna, si es que la tienen.
La inclusión del portugués como una suerte de tercera lengua, cuyo aprendizaje es obligatorio en muchas instituciones educativas, tanto a nivel primario como secundario, e incluso universitario, no ayuda en lo absoluto. Siendo en su mayoría países hispanohablantes los que integran el MERCOSUR, resulta ridículo tener que adoptar un idioma tan poco extendido en el mundo. En lugar de reivindicar lo propio, se prefiere dar libre paso a lo extranjero en pos de intereses netamente económicos. Y así tenemos gente que habla “portuñol”, “spanglish”, etc.
Ahora bien, ¿existe acaso una solución? Sería iluso creer que esta cuestión posee una salida simple, y más aún que esta supuesta salida logre aplicarse a gran escala, ya que la vorágine globalizadora es parte del problema. Las masas suelen dejarse seducir y arrastrar por causas sin sentido, dependiendo de cómo sean presentadas... Las embarga un pensamiento unificado que no se detiene en los detalles, por el solo afán de pertenecer. Por eso es necesario que las mentes libres, desde su lugar, comiencen a ser conscientes de que estamos perdiendo la preciada palabra, dejando que la bombardeen desde el norte. Sería bueno mirar menos a Tinelli y leer más, cultivar las mentes, ya que en los libros duermen las palabras, esperando que algún ávido lector las despierte de sus tumbas, cual antropólogo léxico.
El español, más precisamente nuestro castellano, posee una gran variedad léxica, lamentablemente desconocida para muchos (demasiados) de sus usuarios. Este triste empobrecimiento progresivo del lenguaje coloquial tiene principalmente dos causas. En primer lugar, la exposición cotidiana a medios en los cuales se utiliza una pequeña diversidad de palabras, que reflejan mayoritariamente un lenguaje soez: es más que común oír en la televisión o la radio insultos de todo tipo, y si en los medios gráficos aún esto no ocurre, falta poco para que suceda... En segundo lugar, y por esa absurda costumbre de mirar hacia fuera, pero también influidos por la realidad económica capitalista, muchos de los hablantes del español han incorporado vocablos de la lengua inglesa norteamericana, al punto tal que ya son incapaces de buscar su traducción en la lengua materna, si es que la tienen.
La inclusión del portugués como una suerte de tercera lengua, cuyo aprendizaje es obligatorio en muchas instituciones educativas, tanto a nivel primario como secundario, e incluso universitario, no ayuda en lo absoluto. Siendo en su mayoría países hispanohablantes los que integran el MERCOSUR, resulta ridículo tener que adoptar un idioma tan poco extendido en el mundo. En lugar de reivindicar lo propio, se prefiere dar libre paso a lo extranjero en pos de intereses netamente económicos. Y así tenemos gente que habla “portuñol”, “spanglish”, etc.
Ahora bien, ¿existe acaso una solución? Sería iluso creer que esta cuestión posee una salida simple, y más aún que esta supuesta salida logre aplicarse a gran escala, ya que la vorágine globalizadora es parte del problema. Las masas suelen dejarse seducir y arrastrar por causas sin sentido, dependiendo de cómo sean presentadas... Las embarga un pensamiento unificado que no se detiene en los detalles, por el solo afán de pertenecer. Por eso es necesario que las mentes libres, desde su lugar, comiencen a ser conscientes de que estamos perdiendo la preciada palabra, dejando que la bombardeen desde el norte. Sería bueno mirar menos a Tinelli y leer más, cultivar las mentes, ya que en los libros duermen las palabras, esperando que algún ávido lector las despierte de sus tumbas, cual antropólogo léxico.